CIEN AÑOS DE LA CONQUISTA DE LA MALADETA



 

La Maladeta desde la desaparecida cabaña de Cabellud, bajo el puerto de Brenasque, 1924. 
(Foto Pierre Poque)



En 1817, cuando como ahora el verano llegaba a su fin, se conquistaba la que parecía ser la montaña más alta del Pirineo, la Maladeta. Resultó que no lo era, pero todavía hoy da nombre a todo el macizo y es la hermana mala y desgraciada del Aneto. Mala, por la leyenda piadosa que rodea su nombre, y desgraciada por el dramático fin del que se atrevió a ascenderla por primera vez hace ya dos siglos.

Al menos desde el siglo XVI se hablaba de la maldición de la montaña a resultas de la falta de hospitalidad de unos pastores que un día de tormenta rechazaron de su cabaña a un andrajoso que acudió pidiendo cobijo. Resultando ser el mismísimo Cristo disfrazado, maldijo a aquellas gentes, a sus rebaños y a sus pastos, que quedaron convertidos en estériles montones de rocas y  hielos.
O eso creían los habitantes de la vertiente norte de la cordillera, incluidos los araneses que también están de ese lado.
Sin embargo al sur, los benasqueses seguían llamando desde mucho antes a estas montañas Mala Eta, que viene a significar simplemente “la más alta”,  de donde le viene el nombre actual.
En 1725 el alcalde de Esterri d´Aneu, en el valle de Arán, organizó una expedición para comprobar la veracidad de la leyenda y vieron la desolación que quisieron ver; en realidad canchales y glaciares. Sin embargo, en el plan de Estanys y en el de Aigualluts pastaban tranquilas las vacas de las gentes de Benasque.

Cazador de sarrios en la Maladeta. 
Pensadores y lugareños
Pasado el tiempo siguieron igual las cosas en esta vertiente sur de la cordillera. Las altas montañas eran, como siempre, territorios estériles donde sólo podían encontrarse peligros inútiles y a la postre desgracias para quienes se adentraran más allá de los límites marcados por los pastos y los bosques.
Sin embargo al otro lado, en la Francia de la Ilustración, ya empezaban a desterrarse los miedos irracionales arrumbados por la razón y el conocimiento que también fueron llegando a las montañas. En 1786 un científico, Paccard, y un montañés, Balmat, conquistaron el Mont Blanc, la montaña más alta de Europa occidental. Había nacido el alpinismo.
En los Pirineos, algo más tarde, surgió el pirineismo desde el mismo lado norte de la cordillera. En 1802 otro ilustrado, Ramond de Carbonières, y varios lugareños ascendieron por primera vez al Monte Perdido que resultó ser la más alta y hermosa montaña calcárea de Europa, pero no la cumbre más alta de su cordillera.


 

Puerto de Benasque. (Litografía hnos. Thierry)

Un científico alemán y un montañés de Luchón en la Maladeta
Por esas fechas ya numerosos turistas ascendían al puerto de Benasque desde el Hospice de France para contemplar de frente el espectáculo de los hielos eternos de los Montes Malditos. Allí debía estar el techo de los PIrineos. Algunos, para mejorar la perspectiva, trepaban hasta el cercano pico de Salvaguardia. Todos acompañados de sus guías locales, en realidad cazadores, pastores, contrabandistas… conocedores de la montaña y de cómo moverse en ella. Y bien necesitados del dinero que pagaban aquellos turistas esnobs.

Pierre Barrau era carpintero y guía en Luchón, el pueblo balneario de donde se partía para la excursión al puerto de Benasque, pero aspiraba a más y en 1787 acompañó por el macizo de la Maladeta al mismísimo Ramond al que no pareció interesarle mucho este macizo granítico y regresó a Barèges donde ya había intuido la gran montaña calcárea que luego conquistaría.
Con el tiempo Barrau, más conocido como ”Pierrine”, se convirtió en el mejor conocedor de la montaña aunque, pese a varios intentos, aún no había conseguido dominarla

Friedrich Parrot.
Contaba ya sesenta y un años cuando en 1817 cayó por Luchón un alemán llamado Friedrich Wilhelm von Parrot. Viajero, médico y naturalista, había estado en los Alpes donde hoy un cuatromil lleva su nombre aunque no llegó a ascenderlo: el Parrotspitze. Lo contrató como guía.
Juntos hicieron la primera ascensión al Perdiguero (3.221 m.) la cumbre más alta del eje de la cordillera que separa el valle de Estós del de Ôo. No fue suficiente porque ambos aspiraban a conquistar el techo de la cordillera que debía ser sin duda la Maladeta.
Ya finalizaba el verano cuando cruzaron la frontera desde el Hospice de France por el puerto de Benasque y acamparon en la pradera de la Renclusa.
A la mañana siguiente, 29 de septiembre de 1817 el entusiasmo del joven Parrot y la experiencia de Barrau dieron sus frutos. Remontaron las pedreras, sortearon las grietas del glaciar, ascendieron al collado de la rimaya tallando peldaños en el hielo, salieron a la soleada vertiente sur y treparon los últimos bloques graníticos hasta la cima sin mayores problemas.
Sin embargo, las mediciones barométricas de Parrot apenas dieron 3.300 m. de altura, menos que el Perdido de Ramond. Además, desde allí era evidente a simple vista, porque hacia el este, protegido por el glaciar más grande de la cordillera, el Aneto sobresalía un centenar de metros más.
Aún tardaría un cuarto de siglo en ser escalado. ¿Por qué?


Bajando de la cumbre al collado de la Rimaya. A la izq. el lago de Cregüeña helado.

Parrot estaba convencido de que el camino al Aneto pasaba por su gran glaciar norte, pero abandonó los Pirineos ese mismo año. Sus viajes le alejaron definitivamente de estas montañas soleadas y le llevaron al este de Europa, a Finlandia, el Cáucaso, Armenia, entonces dentro del imperio de los zares, donde en 1829 realizó la primera ascensión al mítico monte Ararat (5.167 m.) por lo que se le considera el padre del alpinismo ruso.
Por entonces su Maladeta ya se había teñido de desgracia y todos los Montes Malditos volvieron a infundir terror. El viejo Barrau había vuelto a subir la montaña en varias ocasiones… hasta 1824.
Guiando a dos turistas parisinos, intentó cruzar la rimaya en lo alto del glaciar por un frágil puente de nieve y éste cedió. Sólo pudo gritar “Dios, me hundo” antes de desaparecer en las profundidades de la grieta de hielo. Los intentos para rescatar su cuerpo fueron inútiles.
Nadie volvería a aquellos hielos en muchos años y todos señalaban con el dedo desde el puerto de Benasque diciendo “allí está el pobre Barrau”.

Finalmente el Aneto se escaló en 1846 cuando aún su fantasma vagaba por aquellos ventisqueros por lo que los primeros ascensionistas evitaron los hielos mediante un largo rodeo por el sur.
En 1931 los restos mortales del guía de Luchón salieron a la luz en la base del glaciar escupidos por su movimiento durante más de cien años.

Hoy la Maladeta, la oriental, sigue pareciendo la más alta pero, como todos los Montes Malditos, no infunde ningún temor. Debería infundir respeto.
Hasta no hace mucho “las Maladetas” eran todas las puntas que a lo largo de dos kilómetros van desde el collado de Alba al Maldito. Ahora sólo se llama así a la cota 3.308 m. Al resto se les han asignado nombres de guías y pirineistas de renombre: Delmás, Mur, Sayó, Cordier, Abadías. Ninguna se llama Parrot o Barrau.

Vías clásicas a la Maladeta Oriental. (Foto Gerardo Bielsa)






Vías clásicas a la Maladeta
1.- Desde la Renclusa por el collado de la Rimaya. P.D. 45-50º con nieve.
2.- Desde la Renclusa por su cara norte. 75º con nieve y IV+. D
3.- Desde la Renclusa por la cresta de los Portillones. III. PD sup.
4.- Desde el collado Maldito. PD.
5.- Desde el lago de Cregüeña. PD.
6.- Desde los picos occidentales. Larga  travesía AD.